10 may 2008

EL DESIERTO: un cuento para rezar



Los invito a retirarse al desierto. Ustedes titubean.
Suena áspero, caluroso, incómodo... hasta cruento me atrevería a decir. ¿Y si les dijera que el mismísimo diablo está ahí esperándonos para acecharnos, se animarían a entrar igual? Él es un maestro de la mentira, un genio del disfraz. Puedo asegurarles que se pasarían varios días y varias noches a su lado sin siquiera darse cuenta.

Sin embargo los invito igual. Y como si fuera poco, les aclaro que es su derecho adentrarse en estas solitarias arenas. Derecho que el mismo Jesús instauró, y que muchos cristianos no hacen cumplir por la simple razón de que les da miedo.Pero los schoenstatteanos no somos expertos en este lenguaje del miedo.

A nosotros nada nos asusta, estamos seguros de la victoria – siempre y cuando esté Ella de nuestra mano.Está bien, los invito al desierto; y los invito acompañados de Ella.

Empezamos a caminar, y el viento nos golpea en la cara. En un principio es arena fina. Puedo verlos a ustedes caminar a mi lado, y puedo verla a Ella un poco más adelante como para guiarnos, pero no tanto como para descuidarnos.

Al rato, y como para darnos la bienvenida, el desierto se empieza a hacer más cruel, y lo que antes era simplemente una corriente de arena, de repente se convierte en una lluvia torrencial de piedras. Casi ni puedo verlos, escucho sus voces nada más. Algunos de ustedes ríen confiados y toman esta prueba como un hermoso juego. Escuchar su voz me hace perder un poco el miedo. Otros no entienden, y le preguntan a Ella de qué se trata todo esto. Están los otros de ustedes quienes simplemente se aferran de su manto y caminan así. Yo me siento un poco culpable, porque fui yo quien los invitó a este desierto. Pero Ella ve mi preocupación, y en medio de la desesperación se las arregla para acariciarme la cara y darme paz.

Yo, como de costumbre, desespero de todas formas. Y creo que me desmayo, porque cuando me vuelvo a despertar eso es lo último que recuerdo. Y lo primero que veo es que sigo en el desierto, pero ustedes ya no están, estamos solo Ella y yo. Al fin llego, es el desierto de lo más profundo de mi corazón.Le pregunto por ustedes a María, Ella me dice que no me preocupe, que ustedes también están en camino, que están muy bien. Le pregunto por qué esa tormenta, por qué mi desmayo, por qué... Ella me mira y se ríe. Me pide que no haga tantas preguntas.De a poco oscurece, y María está a mi lado. Miramos las estrellas y siento la soledad. Una soledad acompañada.

Como leyéndome la mente, María me dice: “Es necesario, ¿sabés? Estar solo, en el desierto, como Jesús. Es necesario para vencerlo a él, al demonio. Si lo vencés acá, en el desierto de tu corazón, entonces lo venciste para siempre.”Me animo bastante, son palabras alentadoras las de María, como siempre.

Juntas buscamos unas rocas y armamos un fuego para pasar la noche. Nos reímos de nuestros intentos fallidos y extrañamos las manos prácticas de los hombres. Pero lo logramos y el cansancio nos gana a las dos. Con la Mater acompañándome y las estrellas sirviéndome de techo, me quedo dormida.

A la mañana siguiente me despierto por el frío. Para mi sorpresa, María ya no está. Al principio no me irrito, pienso que seguro debe haber ido a buscar comida. Pero entonces recuerdo que estoy en el desierto, y que no hay lugares donde buscar comida. Y como es usual, me desespero.

Paso luego por todos los estados: tristeza, agonía, incredulidad, desamor... Rompo en llanto y desparramo las lágrimas que me sobran. Cuando siento que voy a reventar de la amargura, veo ante mis ojos aparecer un ángel. Radiante, refulgente, verdaderamente hermoso. Me sonríe con ternura y me dice que no me preocupe, que María tuvo que partir, que mis hermanos la necesitaban. Me dice que Ella dijo que yo era fuerte, que podía seguir el camino sola, y que en su lugar había venido él a acompañarme por el camino.

Un poco más tranquila porque después de todo no me habían dejado completamente sola, retomo viaje. Y obviamente comienzo a dialogar con el ángel.

Al hablar, el me cuenta que es mi ángel de la guarda. Dice conocer mi corazón de manera completa y saber todo acerca de mis afectos, mis sueños, mis miedos... Dice también haberme acompañado secreta y humildemente a lo largo de mi vida, sin hacerse demasiado visible, pero que este había sido el momento clave en el que el tenía que aparecer, porque Dios así lo quería.

El ángel comienza a hablar, y a hablar, y a hablar, y comienza a decir cosas... increíbles. Uno a uno comienza a relatar con los más ínfimos detalles todos los acontecimientos más importantes de mi vida. Relata una a una las marcas de mi corazón: las lindas, las feas, las dolorosas, las agudas, las que pican y las que arden. Absolutamente todas. Habla de mi niñez muy niñez, habla de mis días de colegio, de mis mejores amigas de aquel entonces, de mis sueños; habla de mi familia, de mis conocidos. Habla de aquellas personas que hace mucho que no veo. Habla de mis desengaños amorosos, de todas las veces que alguien me rompió el corazón. Habla de mi relación con Dios, de todas las personas que son alguien en mi vida. Hasta me habla de ustedes, clara y sencillamente. De cada persona, de cada situación, resalta mis buenas intenciones, me justifica, me dice que Dios es muy exigente y a veces pide demasiado… Sus palabras tranquilizan mi conciencia y mi corazón. Yo quedo perpleja de descubrir a alguien que me comprende tanto en lo profundo. Y le pido más, siempre le pido más.
Tan interesante es todo lo que me cuenta, y tan perpleja me quedo de la veracidad con la que describe todos mis sentimientos con respecto a la vida, que me olvido de todo. Me olvido del desierto, de ustedes. Me olvido de María que ya no está. Me olvido que Jesús estuvo ahí. Y hasta me olvido de la posible acechanza del Demonio. Para mí ahora todo gira en torno al ángel y sus grandes explicaciones sobre mí. Comienzo a comprender mucho de lo que viví, pero por sobre todo comienzo a justificarme. Después de todo, soy frágil y sensible, y todo me afectó demasiado.
Llego a la conclusión que, en definitiva, soy una pobre víctima de mis propios dolores… y eso me calma la conciencia y el corazón. Comienzo a sentirme independiente, y que puedo sola (por qué no, que es mejor estar sola).El ángel me hace sentir tan cómoda, que no me asombra que cuando el ángel me dice de dormir, yo duermo; cuando me dice de comer, yo como; y cuando me dice de callar, yo callo. Estoy contenta porque es un ángel de Dios que me deja tranquila. Es MI ángel de Dios. Mío personal y guardián.Tan tranquila estoy que ya casi ni siento las adversidades del desierto, y las que sí siento, las aprendo a mirar de una manera en la que yo me independizo totalmente de ellas, entonces no duelen tanto. Empiezo a desatarme, a liberarme de todo… ya nada me duele, pero porque ya nada me importa. Después de todo… ¿qué puedo hacer yo contra los vientos del desierto? ¿Acaso los merezco?Una noche, medio en secreto, el ángel me dice: “¿No te duele tener tantos miedos?”. Asiento con la cabeza. El me pregunta, “¿Y entonces por qué los tenés?”.Esta pregunta me sorprende. Se hace un silencio, y permanecemos así callados por un largo rato.
Entonces viene a mi mente el desierto y la tormenta de arena con la que nos había recibido. “Tengo miedos por todas aquellas veces en las que salí lastimada. Los tengo por que había una vez un tiempo en el que las cosas me dolían…”“Pero ahora ya no te duelen más, ¿no?”, me pregunta él.“No, la verdad que no”.Al darme cuenta de lo que acababa de decir, mi cabeza comienza a dar vuelcos. Comienzo a pensar y la verdad es que no… ya no me duelen más las cosas que antes lo hacían. Pero, ¿por qué? Estoy en el desierto de mi corazón, estoy en lo más árido, y sin embargo las cosas ya no duelen… “Angel, ¿por qué no duele…?”, le pregunto ansiosa.“Creí que nunca me lo preguntarías”, me contesta el ángel. Esa frase sería la antesala para una importante explicación de cómo el hombre en realidad no sabe vivir, y busca el dolor, y se preocupa por lo inmanejable. El ángel me presenta un estilo de vida simplista, sin vueltas, muy seductor. Una vida sin ataduras a nadie, que me asegura que nada más me va a doler; una vida independiente de todos, incluso de Dios. Es la fórmula perfecta de la felicidad y la alegría. Pero sus palabras no me convencen.
Una imagen inquieta mi alma: es el Stabat de María al pie de la Cruz. Pienso en Jesús clavado en la Cruz, sufriendo por amor. El mismo Dios hecho hombre sufriendo por nosotros. Es Dios mismo quien eligió ese camino para enseñarnos algo, y ese algo no puede ser simplemente un “los hombres sufren sin razón, no hay que preocuparse por nada”. Pienso en la Mater al pie de la cruz llorando lágrimas de sangre con todo el dolor del mundo a sus espaldas. Pienso en el Padre y en su regalo de libertad... Los recuerdo a ustedes. Recuerdo mi Santuario. Recuerdo mis sueños, mi grupo de vida. Recuerdo a mi familia. Mi vida tenía muchos dolores, pero tenía también muchas cosas que ahora ya no tiene. Mi vida, en ese entonces, tenía sentido. Pero, ¿ahora? Ahora ya nada duele, pero porque nada me importa.El ángel termina su discurso diciéndome “…¿y qué decís? Como regalo final de confianza, ¿me entregás tus miedos?”
Todavía confundida por mis pensamientos, lo miro fijo a la cara y descubro que sus ojos son rojos como el fuego. Me parece extraño, ya que en todos esos días que yo había pasado con él había tenido la sensación de que su mirada era color de cielo. Mis sospechas se confirman, y con toda la firmeza del mundo le contesto: “No”.Su cara se transforma. Sus ojos intimidantes se clavan en los míos, y sólidamente vuelve a preguntarme: “¿No?”. Yo vuelvo a negar.
Se desata entonces una tormenta fuertísima y el ángel se transforma. Sus alas blancas y suaves desaparecen. Sus ojos rojos se enfurecen de ira y dos cuernos prominentes nacen de su cabeza; y justo cuando parecía que se abalanzaba hacia mi, siento un manto suave que me cubre el pecho. Enseguida lo reconozco, es el manto de mi madre. Me abrazo a la cintura de la Mater y cierro los ojos, como una pequeña niña asustada. Cuando los vuelvo a abrir la veo a Ella, radiante, pisándole la cabeza a una serpiente, victoriosa. Elevo la mirada pero no puedo ver nada, un haz de luz demasiado brillante cubre todo el Cielo. Entre rayos, reconozco la cara de María, que me sonríe. Me siento de nuevo como en casa.María me levanta y me abraza, quitándome la ansiedad. “Ya es hora de volver, todos te esperan”, me dice.
Emprendemos el retorno. Caminamos algunas horas, codo a codo, en silencio. Pero yo no dejaba de pensar en mi conversación con el diablo disfrazado de ángel. Una gran duda hacía eco en mi corazón y lo inquietaba. Entonces levanto la vista y le pregunto: “Mater, ¿por qué es necesario el dolor?”Ella deja de caminar. “Creo que es mejor que descansemos un rato”, me dice. Nos sentamos junto a unas rocas y ella me alcanza un pedazo de pan que guardaba. Cuando estábamos acomodadas comiendo me dice: “¿Qué fue lo que te hizo dar cuenta de que algo no andaba bien con el ángel?”“Fue cuando empezamos a hablar de los miedos. Eso derivó en el dolor, e hizo que yo recordara que hacía mucho que no sentía dolor… ni sentía nada más. Sentí mi vida vacía.”“¿Sabías qué es lo que más aleja al hombre de Dios? Es la soberbia. Cuando vivimos muy pegados a la tierra, pensamos que podemos todo, que somos todopoderosos. Descubrimos que tenemos cosas parecidas a Dios Padre, pero en vez de atribuírselas a El, y descubrirnos como simples reflejos, pensamos que todo es mérito nuestro.
La cruz es necesaria porque nos enfrenta con nuestra pequeñez, que a su vez nos lleva a contemplarnos como hijos vulnerables y pequeños, adoptados por el amor inmenso y gratuito de Dios Padre. No hay nada bueno en nosotros que no venga de Él, porque el ES lo bueno, el ES el amor. La Cruz nos enfrenta con esta realidad de nuestra relación paterno-filial con Dios, y nos aleja de la soberbia. Nos vuelve niños pequeños. Por eso sin cruz no hay redención, porque sin cruz no hay filialidad. Tarde o temprano nuestra soberbia nos llama… y nosotros contestamos. Sin cruz no se vence a nuestra soberbia, a nuestro pecado original. Sin cruz no entendemos en nuestra pequeña mente que necesitamos de Dios.”
“¿Y los miedos, Mater? ¿Son necesarios los miedos?”, le pregunto algo ansiosa.“La cruz abre dos caminos. Podemos aceptar nuestra condición humana y aprender a vivir como pequeños niños de Dios, o podemos revelarnos frente a esa verdad autocondenandonos a un infierno de mentiras, soberbias y frustraciones. La filialidad es la llave para liberarnos de los miedos. Y la cruz es la llave para la filialidad. El que tiene una cruz se libera y resucita porque pierde los miedos, no esta atado a nada, solo al amor del Padre. ¿Y a qué podemos temerle cuando nos sabemos hijos de un Padre todopoderoso y todobondadoso? ¿Podemos tenerle miedo a los infortunios de la vida cuando entendemos que el que nos manda las cruces es nuestro PADRE, y El por sobre todas las cosas nos conoce, nos entiende, y nos AMA?”
Comemos, y ya no hablamos más. María decide que ya fueron demasiadas palabras. Con ternura me dice: “Descansemos, mañana retomamos el camino”. Con profunda paz interior, pero totalmente agotada, me duermo en el regazo de mi Madre.
Cuando a la mañana siguiente, luego de un trecho más de caminata, finalmente me reúno con ustedes, nos consumimos en un abrazo de fraternidad que nos unirá para siempre. Todos nosotros nos fuimos al desierto, al desierto de nuestro corazón. Combatimos con el diablo disfrazado de ángel. Nos enfrentamos a nuestras mas profundas vulnerabilidades y nos vimos cara a cara con esos temas de los que “no se habla”, o porque duele demasiado, o porque es peligroso, o porque es muy mío. Nos cuestionamos del dolor, de los miedos. Nos afrontamos cara a cara con la muerte del espíritu, y salimos victoriosos, porque María nos salvó cuando ya no podíamos más.No era la primera vez que íbamos al desierto, ni tampoco será la última. Pero la próxima vez el Diablo tendrá que elegir un mejor disfraz, porque no será fácil engañar y hacer titubear a estos guerreros de María, hijos del Padre, que se saben cobijados, transformados y enviados; y quienes no le tienen miedo al dolor.


ANGIE SPINASSI

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