Vivía en una ramita justo afuera de mi ventana. Siempre me pregunte que haría una palomita tan pequeña en una jaula en la misma naturaleza, así que me decidí a observarla.
Cuando apenas había salido del cascaron, la cárcel no le molestaba mucho. Era tan pequeñita que podía moverse libremente entre los barrotes. Sentía bastante frío a veces, y un poco de curiosidad por el mundo que estaba más allá y que ella no podía alcanzar; pero sus centímetros cuadrados le alcanzaban para pasar sus noches y sus días entretenida en juegos. Pero a medida que los otoños comenzaron a pasar, sus alas comenzaron a convertirse en un verdadero problema. Es que estas crecían mucho, y ya no cabían en
el cubículo aquel.No creo haber mencionado un importante detalle que, sin duda, no cooperaba para que la palomita pudiera sentirse a gusto en su hogar de metal. Nuestra amiguita era muy soñadora y amaba desplegar sus alas y agitarlas, sintiendo el viento correr entre sus plumitas. Cuando se juntaba con sus amiguitas las palomitas, era su ocupación preferida. Jugaban a levantar las alas, las ejercitaban, entre ellas se las limpiaban y se las mantenían impecables.
Cierta mañana, un apuesto palomo se acerco al grupo de alborotadas avecitas.
“¡Que hermosas alas tienes!”, le dijo el palomo a la pequeña palomita encerrada.
Ella, entre suspiros, agradeció cordialmente. Y desde entonces el palomo no se alejo de al lado de la jaulita de metal. Se unió a las otras palomitas en muchos juegos, y cuando todas debían volver ya a sus nidos, el a veces se quedaba un rato mas haciéndole compañía a la pequeña palomita encerrada.
Los pichoncitos crecían, y de a poquito comenzaron a levantar vuelo. Uno por uno fue probando suerte. Unos antes, otros después, pero todos aprendieron como hacer para que el aire se convirtiera en esa fuerza mágica que los impulsara hacia el Sol. Se iban convirtiendo en hermosas aves, y comenzaron a volar cada vez mas alto y más lejos, conociendo los lugares más recónditos y los paisajes más excéntricos. Y siempre alguno se animaba a ir un poquito mas arriba. Soñaban siempre con llegar hasta las estrellas y descansar sobre ellas.
Mientras tanto, y bien sobre el suelo, nuestra palomita encarcelada los miraba ascender. Soñaba, deseaba, imploraba ser liberada de esa prisión y acompañar a los otros en su vuelo. El sol brillaba cada día con más intensidad y parecía estar llamándola. Sus alas crecían cada vez mas y mas, y esa pequeña jaula ya le quedaba demasiado incomoda. Pero el verdadero problema que la atormentaba por las noches era el no poder volar. Ella intentaba despegar sus patitas del suelo, pero cuando estaba solo a algunos centímetros de distancia, el techo de su jaula la golpeaba empujándola para abajo.
Sus amigos se sentían muy apenados por ella; especialmente su muy querido palomo. El amaba las alas de la pequeña palomita, y soñaba con verlas algún día volar libres por los cielos.
Entonces todos tramaron un plan.
La palomita mas astuta exclamo: “¡Lo tengo! Toda jaula tiene un candado, ¿no es así? Y todo candado es abierto por una llave, ¿no es cierto? Lo único que nos queda es encontrar esa llave.”
“¡Eso haremos! Nosotros que podemos viajar a donde queramos ¡buscaremos la llave de esta jaula por todo el mundo!”, exclamo la pichoncita alegre.
Y así todos desplegaron vuelo en busca de la llave perdida. La pequeña palomita estaba muy ilusionada. El asunto la tenia inquieta, prácticamente fuera de control. Recuerdo verla en su jaula, moviéndose de un lado para el otro. Pero el tiempo comenzó a pasar, y sus amiguitos no volvían. Ni su amiguita astuta. Ni la pichoncita alegre. Ni la paloma detallista. ¡Ni siquiera su querido palomo!
Las horas, los minutos se hacían interminables. Decidió entonces recostarse en su jaulita a ver el Sol. Se quedo así, observando su hermosura, su resplandor, soñando con sentir su calor. Y eso la tranquilizo.
Hasta que de repente comenzó a percibir algo muy a lo lejos, como un punto en el medio del gran astro. Era como un círculo muy blanco que iba haciéndose cada vez más grande. Parecía estar acercándose a ella... hasta que por fin lo pudo distinguir: ¡era su palomo, planeando directo hacia su jaulita!
“¡Volé mas alto, mas alto de lo que nunca había volado antes palomita mía! Y allí, allí la pude ver, a lo lejos, una llave plateada como la luna, ¡justo en el medio del sol! Intente agarrarla, pero mi torpeza hizo que cayera. Venia persiguiéndola cuando vi tu jaula. ¡Debe haber caído justo por aquí!”
La palomita agito sus alitas de contenta. ¡Su palomo la había salvado! Rastrearon, buscaron y finalmente apareció. Con forma indescriptible, parecía ser justa para su jaula.
En ese momento apareció la palomita detallista. “¡Encontré la llave, justo debajo de una piedra del río! Dialogaba yo con un sapito que pasaba por ahí, contándole sobre nuestra añorada búsqueda... y entonces me contó sobre esta llave que el había visto hacia mucho tiempo. Sin tardar un segundo se sumergió en el agua y me alcanzo esta preciosura que ven entre mis patitas.”
La confusión de la palomita solo se acrecentó más cuando su amiguita astuta y su amiguita alegre trajeron cada una su propia versión de la llave.
“¡Tal vez todas sirvan para tu candado!”, exclamo la palomita alegre.
“Pichoncita, busca el candado”, le dijo el palomo.
La palomita le obedeció ansiosa. Pero para su sorpresa... no apareció. Muchas llaves, pero ningún candado. Era una jaula sin candado.
Decepcionados, todos se arrojaron en el piso a descansar. La amargura les había quitado la poca energía que les quedaba. Las pichoncitas se quedaron dormidas al igual que el palomo. La pequeña palomita los observaba dormir, feliz de saberlos cerca, pero triste de no poder seguirlos en sus vuelos. Se recostó para intentar dormir ella también, cuando levanto la vista y miro a la luna. Recordó aquella tarde... y pequeñas lagrimitas, pequeñas como ella, corrieron tras sus mejillas. Nunca podría liberarse de esa cárcel, nunca. Y si sus alas seguían creciendo... no habría otra opción más que cortarlas. Simplemente no entraban en la jaula. O la jaula, o sus alas. Era una encrucijada.
Yo me quede ahí toda la noche, acompañándola desde mi ventana.
La pichoncita lloro y lloro toda la noche. Finalmente, cuando salió el sol, logro conciliar el sueño.
De repente... ¡PAF! Un tremendo ruido la despertó. Sobresaltada se incorporo para ver a su palomo y a sus palomitas ser atacadas por un enorme gorrión.
Sin dudarlo ni un segundo, tomo la llave más puntiaguda que tenia cerca y se lanzo sobre el gorrión picoteándolo y pinchándolo con la llave. El gorrión le dio lucha, pero al poco tiempo cayo
desplomado en el piso. La palomita suspiro, y con énfasis de victoria elevo la mirada para encontrarse varios ojos perplejos.
desplomado en el piso. La palomita suspiro, y con énfasis de victoria elevo la mirada para encontrarse varios ojos perplejos.
“Te has liberado pichoncita”, le dijo el palomo con lo poco de voz que le salía.
La palomita se miró, y al descubrirse liberada volteo la cabeza para ver su jaula deformada.
La palomita se miró, y al descubrirse liberada volteo la cabeza para ver su jaula deformada.
“¿Yo hice eso?”, pregunto la palomita. “Pero si apenas tengo fuerzas para sostener mis propias alas”.
“Crecieron lo suficiente como para destrozar tu jaula se ve”, dijo la paloma astuta.
“¡Pero que importa eso ahora! ¡Vamos a festejar... volando!”, exclamo la palomita alegre.
Todos levantaron vuelo. El palomo se quedo un poquito en la retaguardia, esperando unos segundos de intimidad. Y cuando tuvo a su palomita enfrente de el, pico a pico por primera
vez, sin barrotes que los separaran, le dijo “Ahora si podremos construir nuestro propio nido, ¿tal vez en una nube?”
vez, sin barrotes que los separaran, le dijo “Ahora si podremos construir nuestro propio nido, ¿tal vez en una nube?”
La palomita sonrió y le dijo tiernamente: “Nuestros pichoncitos tendrán que ser los mejores voladores, sino correrán riesgo de caer desde muy alto al piso y lastimarse”.
“No te preocupes, tendrán los mejores maestros. Ahora pichoncita mía, finalmente, ¡a
volar!”
volar!”
Y elevaron vuelo, hasta que los perdí de vista.
Angie Spinassi
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